Les millors joies d'Europa surten del Poblenou

quan Marc Monzó (Barcelona, ​​1973) va decidir amb 18 anys aprendre un ofici -sense saber encara quin-, va visitar els diferents tallers de l'Escola Massana de Barcelona. Va ser en entrar al de joieria quan va comprendre que allò era el seu. Li van seduir les eines i la seva mida reduïda, però sobretot la possibilitat de treballar a escala molt petita. Llavors no sentia excessiu interès per l'ornament. Més tard sorgiria la consciència de la joieria i les seves funcions: adornar el cos humà, ritualitzar pensaments, comunicar-se amb els altres, celebrar esdeveniments, el seu simbolisme.

Però en aquell moment va prevaler reconnectar amb una infància fascinada per recol·lectar peces petites i col·leccionar-les. Com més petit, més valuós. Com més reduït, més gran. Aquest anar cap al minúscul ho relaciona amb la immensitat de l'univers. El mateix planeta terra com un punt en el cosmos, i un reflex de la immensitat.

Han passat dues dècades, les seves creacions es venen a galeries i botigues de tot el món, i li acaben de concedir el premi Françoise de la Bosch 2016 al millorjoier de Europa, el máximo reconocimiento a la obra y trayectoria de un artista en el campo de la joyería contemporánea europea. Es, además, la primera vez que se falla a favor de un español. Del galardón, a Monzó lo que más le satisface es que ­entre el palmarés de premiados se encuentran nombres como los suizos Otto Künzli y Bernhard Schobinger o el neozelandés Worwick Freeman. Referentes imprescindibles en la joyería más renovadora y libre. Su actitud fresca, crítica, siempre alerta, ha sido su gran fuente de inspiración.

También reciente es su designación como director artístico de Misui. La nueva marca de alta joyería impulsada por la familia Vendrell, propietaria de Unión Suiza, coincidiendo con su 175.º aniversario. Misui ambiciona repensar el concepto de lujo que empareja –además de a una manufactura de excelencia– a lo real y la autenticidad. Las tonalidades de las piedras preciosas empleadas son totalmente naturales. Tal como salen de la tierra. Los colores no se manipulan, como ya es habitual en el sector. “Se trata de mirar las piedras como si fueran frutos del bosque, son únicas. Como encontrar una trufa”, señala. Las tallas se inspiran en la propia mineralización de la piedra. Monzó accedió al cargo siempre y cuando pudiesen trabajar a favor del planeta y no en contra. El oro utilizado no ha sido obtenido con disoluciones de mercurio o cianuro que después contamina ríos. El coral respeta zonas protegidas. En Misui colaboran con los mejores del mundo, como Munsteiner, venerado por su virtuosismo en la talla de diamantes y otras gemas.

Marc Monzó ensalza la joyería de la Barcelona de los años 60 y 70 del siglo XX: Capdevila, Puig Doria, Sunyer. Cuando la joya expresaba la autoría. Rememora la cubertería de Jaume Mercader sólo para comer espárragos trigueros. Piezas de orfebrería pero también expresión de pasiones personales. La nueva marca persigue retomar esa tradición, la relación directa con el oficio, ser independientes y a la vez expresión de nuestro tiempo.

La mayor parte de su trabajo, no obstante, lo realiza en solitario y personalmente en su taller de Poblenou. Donde le absorbe la relación precisa con la materia y la abundante información que proporciona. La realidad química y física del metal incandescente, la fuerza de gravedad de la pieza. Tras la observación y la contemplación, sobreviene la acción. De este análisis surge el contenido de la joya, que a veces representa el propio proceso o reflexiona sobre la naturaleza de la joyería. Le atrae el objeto encontrado y cómo la vida se ritualiza con él. Sus joyas simplifican y a la vez apuntan a lo no convencional e inesperado. La formalización de un broche en un solo plano, incluido el cierre, trastoca lo tridimensional en bidimensional. La pieza perpendicular enciende curiosi­dades. Aunque siempre busca el balance entre la joya que expresa algo y a la vez está libre de dis­cursos.

Como joyero valora las grandes cualidades del oro, que aprendió a trabajar en el taller de Enric Majoral en la isla de Formentera. El mejor entre los metales, por su ductilidad, inmune a la oxidación. Pero también es capaz de recubrirlo con una capa de pintura de spray dorada. “Es liberador pintar el oro”, aduce tranquilo. Contempla todos los materiales al mismo nivel: oro, plata, plástico. Austeridad y libertad para él van de la mano y representan el máximo lujo posible. Marc Monzó disfruta con esa tradición cultural catalana reservada, pero de vanguardia, que practicaba el reduccionismo, con una voluntad de contención y síntesis. Es un gran admirador de la arquitectura de Sert y la pintura de Miró. O de la música de Mompou, “hombre de pocas palabras y músico de pocas notas”, recuerda.

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